Por Constanza Namur
Obviando el momento de estrés máximo que se vive previo a decidirse por realizar un intercambio, en general sucede que, una vez que ya no quedan dudas al respecto surge la incertidumbre de cómo seguir, y entonces empezamos a pensar qué tipo de práctica queremos.
Mi elección se vio altamente condicionada por el lugar de destino (aunque en principio no elegí un país sino una región, el sudeste asiático). Me animo a decir que la distancia física que nos separa de Indonesia (algo más de 24 horas en avión, si contar conexiones o escalas…) se encuentra en consonancia con las barreras socio culturales que nos separan, ¡un verdadero choque cultural! En realidad fue esta mi elección, quería poner a prueba mi capacidad de adaptación y relacionamiento en un espacio poco conocido y explorado por mí y por nuestra cultura en general; y me animo a recalcar “por nuestra cultura en general” ya que, no sólo fui la primera practicante argentina en Bandung (mi ciudad en Indonesia), sino que además descubrí lo raro que es encontrar extranjeros provenientes de occidente en aquella región del planeta, tan lejos de la nuestra.

Kraton Ratu Boko, en Jogyakarta.
Tengo que reconocer que sabía muy poco sobre el tipo de práctica que iba a desarrollar, pero tenía en claro que era sobre medio ambiente, lo cual me entusiasmó muchísimo y una vez allá entendí cuán importante es para aquél país el tema medioambiental, no porqué le den demasiada importancia, sino porque deberían darle. El proyecto en que estaba involucrada consistía en promover actividades medioambientales en colegios secundarios, enseñando sobre el medio ambiente en nuestros países y en Indonesia, y ofreciendo algunas recomendaciones sobre cómo podemos colaborar en la materia; otra de las actividades que realizamos con los alumnos consistió en enseñarles qué elementos se pueden reciclar y, a partir del papel que ya no sirve, hacer papel reciclado o monederos. En algunas ocasiones, colaborábamos con ONG’s que se dedican al cuidado del medioambiente, pero principalmente compartimos actividades en las cuales aprendíamos y compartíamos sobre nuestro conocimiento y experiencia en el tema.
En cuanto a la parte cultural fue un aprendizaje constante: el clima, la comida, los horarios, el idioma, ¡todo es tan diferente! Una de las cosas que más me llamó la atención durante mi estadía en la isla, y que no dejó de sorprenderme hasta el último día que estuve ahí, fue el trato y la forma en que la población recibe a los extranjeros. Para un indonesio siempre es un orgullo llevar a un “Bule” a algún lado, o estar con un Bule; Bule era yo, significa extranjero. Pero no es cualquier extranjero, para ser calificado como tal hay que ser blanco y tener diferentes facciones, por decirlo de alguna manera simple, ser occidental. Era muy común que la gente me grite o quiera llamar la atención, en las calles, locales o en cualquier lugar; por ahí escuchaba: Bule o Miss, Hello Miss/Lady, o incluso Mister los que se confundían (en inglés). Al principio me daba un poco de miedo, no sabía cómo reaccionar o si responder o no, pero al final terminé por acostumbrarme y hasta respondía con una sonrisa, palabra o simplemente levantando la mano. Es muy bueno ser un extranjero en Indonesia, la gente es muy amable y se los respeta mucho, yo era casi una persona famosa, no sólo por el saludo, por ahí hasta me pedían sacarse fotos conmigo o me sacaban fotos de repente, ¡sin avisar!
El hecho de vivir con una familia indonesia me permitió aprender mucho más sobre sus tradiciones, su cultura, su religión y, aunque costó, de a poquito me fui adaptando… De a poco empecé a comer más picante, memoricé algunas palabras en su idioma, empecé a usar ropa tradicional para eventos especiales ya que asistí a varios de ellos (casamientos, fiestas de compromiso, fiestas religiosas), aprendí a manejarme con el transporte público…

La fiesta de compromiso de mi hermana mayor. Esta es mi familia indonesia, con el prometido de mi hermana mayor. Todos vestidos con ropa tradicional, ¡incluida yo! Y el peinado también (incómodo y dificil de desarmar, por cierto, jaja)
Pero mi aprendizaje no se limitó únicamente a lo que Indonesia me brindó. Además de locales, conocí mucha gente nueva de varios rincones del mundo (aunque en su mayoría de aquella zona), chicos que, al igual que yo, eligieron Bandung para realizar su experiencia de intercambio con AIESEC; con todos ellos aprendí y compartí mucho, lo cual hizo mucho más enriquecedora mi experiencia.

En Kampung Naga (una villa muy tradicional) con Sheran (Australia), Bharath (India) y una de las integrantes del proyecto medioambiental.
En términos generales, mi experiencia AIESECa fue fantástica, única y completa. No fue perfecta, pero tampoco esperaba que así fuera, al contrario, fue real, conocí puntos positivos y negativos sobre su cultura, su país, su gente; aprendí mucho sobre ellos, pero también sobre mí y sobre todos aquellos que compartieron su experiencia conmigo, no fue una visita turística, ya que mi práctica me permitió aportar algo a aquél país, dejar una huella. Y finalmente logré que una región que hace unos pocos meses me resultaba tan extraña, y que en principio parecía tan lejos geográfica y culturalmente, se vuelva un poquito parte de mí.